viernes, 21 de octubre de 2011

Conociéndote mejor


Son las tres de la tarde, estoy sentada en aquellas sucia y viejas escaleras de la plaza de Lourdes. Siento en vacio en mi estomago no se qué hacer o como actuar, me temblaban las piernas, me sudaban las manos, tenía un millón de pensamientos que me pasaban rápidamente por mi cabeza, no logró tenerles un orden. Hasta que el reloj marco la hora en la que debía encontrarme con mi  misterioso personaje. El no sabía quién era yo, y yo solo lo había observado un par de veces para tratar de tener una idea de quién podía ser, pero las apariencias logran engañar.
Se acerca a mí un joven alto, su cara no es fea, su pelo es negro y está totalmente parado, su mirada es fija, es delgado, cada paso que da lo da con firmeza, su aspecto no es como el de un príncipe azul. Esta vestido con  unas botas militares negras sus cordones son rojos, tiene unos pantalones negros entubados, una camiseta negra con una figura blanca de fondo, su chaqueta es de jean azul clarito tiene parches en toda su chaqueta.
Llega hasta donde yo estoy sentada, me saluda fríamente, se siente que entre los dos hay un hielo irrompible. Le ofrezco un cigarrillo, me lo recibe. Hay un silencio eterno entre los dos. Hasta que un evento inesperado nos logro soltar una carcajada a los dos. Frente a nosotros dos, un perro empezó a montar a una perra callejera. Fue inevitable que nos causara risa la situación.  Desde este momento empezamos hablar, fueron horas y horas de conversación, de todos los temas posibles. Todo empezó en la descripción y en lo que significaba su atuendo.

“Cada cosa te nos ponemos tiene un significado y le brindamos alusión a algo con lo que no vamos o lo que apoyamos”

Las botas: Las botas y los tirantes tienen una semejanza, las dos hacen alusión al proletariado. En los años 60 y 80 en Inglaterra, los obreros utilizaban este tipo de botas, las cuales indicaban que aprobaban el sistema de proletariado y que hacían parte de él.
Los cordones: Se utilizan cordones rojos y negros, los cuales hacen alusión a los antifaz ( anti- fascistas). Los otros colores que usan son blanco y negro, que significa la unión entre la raza blanca y negra. Pero por lo general estos colores se usan más en los parches de los calvos y los rudos.
Pantalones entubados: En realidad no tiene un significado específico. Pero su historia viene de Jamaica, las personas marginadas eran lo que utilizaban este tipo de pantalones.  
Chaquetas: Las chaquetas que utilizamos tienen parches de las bandas en las que tocamos muchos de nosotros, o de las más escuchadas. Muchos de estos parches hacen alusión a las tres ideales de la Revolución Francesa. También utilizamos taches, que vienen de otro grupo urbano (los metaleros). Las nodrizas, significan que hacemos parte de una revolución.  
La crezca: El símbolo más claro de ser punkero. Nos hacemos crezca por qué vamos en contra del capitalismo y del sistema.  Vamos en contra del sistema opresor.
La anarquía, para ellos es poder construir sus propias reglas y su  propio mundo. Sin  importar sí vives en una sociedad. La libertad está ligada a la anarquía, no importa si irrumpes los principios de otra persona, tu solo sigues los tuyos. No hay leyes.   “Se debe vivir el momento, no hay presente ni pasado.”
 
“Cuando estamos juntos, vamos a nuestros toques, hablamos de todo  … claro las drogas siempre priman en estos parches …  Nos drogamos con ributril,  canequiamos  (bazuco), perico para los que tiene luca, si no galeamos (bóxer)."

 Los punkeros, no les importa de que color de piel eres o si eres hombre o mujer, siempre vas a  poder ser parte de este parche, siempre y cuando tengas la misma ideología que ellos.

Su nombre jamás lo conocí, su sobre nombre es Galaxía, tiene 23 años y siempre ha vivido con esta ideología y según lo que me cuenta, no piensa dejar de ser Punkero. " Soy punk de corazón, corree por mis venas esta forma de ser".

Una aventura inolvidable

Son las seis de la mañana. Suena el despertador, mi mano agitadamente trata de ubicarlo. Siento ese aparato de cobre en medio de mis dedos. Lo boto.  Mis ojos tratan de quitarse la pijama que tienen puesta, pero mi cuerpo no está cómodo. Empiezo a dar vueltas y vueltas en mi dura cama, la verdad no sé si es dura, pero creo que no he dormido bien. Me siento acostada en una losa de cemento. Mis ojos tratan de enfocar el techo, pero la nitidez me falla. Miento, no es la nitidez. Este techo no es el de mi habitación.
Me siento en la cama y miro a mi alrededor. Hay un mueble lujoso al lado derecho, una lámpara con toques de oro al lado izquierdo, un tocador como si fuera el de una princesa Europea, los tendidos eran impecables, pero la cama seguía dura. Bajé mis pies de la cama y suavemente toqué el piso. Inmediatamente entran dos mucamas a aquel cuarto en el que me encontraba. La bandeja que tenía una de ellas, en la mano, estaba llena de comida: dos naranjas cortadas en cuatro, un té con  olor a amaretto servido en un delicado pocillo, tostadas francesas y pancakes. Seguidamente una me habla.
-Señorita, ¿cómo amaneció usted hoy?, venimos a dejarle su desayuno. El señor la espera abajo.
Yo estaba desconcertada, no sabía dónde estaba ni por qué me conocían. No sabía el por qué de la dureza de la cama, del delicioso olor de la comida y los detalles finos de mi habitación.
-¿está usted bien?, ¿necesita algo?-me preguntan.
Yo, confusa, las miré y con mi cabeza les dije que no.
Con la bandeja en mis piernas, cogí un tenedor y probé los pancakes. El sabor era indescriptible. El amaretto se deslizaba por mi boca y el jugo de las naranjas ponían el toque acido en mi lengua. Jamás había sentido tantas combinaciones de sabores.
Terminé de comer, retiré la bandeja y la puse en una mesita de al lado. Me levanté de la cama y me puse una bata que estaba en el borde de ella. Era suave, de seda blanca, fina. Caminé por la habitación y encontré un cuadro muy particular. Era la última cena, pero el personaje de la mitad no era Jesús. La cara de este hombre era inconfundible, era Michael Jackson, y sus discípulos eran políticos, actores, cantantes. Recordé que una de las mucamas había dicho “El señor la espera abajo”, así que abrí la puerta, caminé por un hall que tenía un tapete rojo, brillante. Las paredes estaban con mil cuadros y discos de oro. El protagonista de las fotos seguía siendo Michael.
Al ir bajando las escaleras, me sentía como en la casa de algún dibujo animado de Disney, me imaginaba  en la casa de Mickey Mouse y sus amigos como en el castillo de Disney y sus princesas en Orlando, era algo único. Llegué a la sala de la casa, muebles blancos y negros la decoraban. En una pared estaba el rostro de Michael pintado, la mesa tenía varios Cd´s de él. Yo sólo me preguntaba si estaba en la casa de algún fanático.
No había ningún “señor” en la sala, abrí una puerta que daba al jardín. Un jardín de flores como el del Palacio de Buckingham en Londres. Al fondo había una mesa con un parasol grande y, en una de las sillas estaba sentado un hombre, con un traje negro y un sombrero del mismo color. Me acerqué, me senté a su lado. Lo miré
Tenía unas gafas negras que cubrían su mirada, las retiré se su rostro. Era Michael Jackson. Sí el mismo que canta y baila. De mi boca no salió ni una sola palabra, de la suya, miles.
-Connie- me dijo. No es necesario que me digas una palabra para que yo sepa lo que estás sintiendo. Anoche, mientras bebíamos unas copas de vino y compartíamos varias sonrisas, dejamos claro lo que queríamos. Tú tan bella y radiante, la protagonista de varias de mis canciones, la mujer que todo arista quiere tener, la tengo hoy a mi lado.
Yo, sinceramente, no entendía ni una sola palabra de lo que me decía. Mis ojos estaban en shock, pero mi mente trabajaba tratando de recordar por qué estaba en este lugar. No daba.
-¿estoy muy romántico?, preguntó. Soltó una carcajada que aturdió mis oídos. Una risa irónica, sarcástica.
-no creas que estoy enamorado de ti. Déjame te cuento por qué estás acá.
Abrí mis oídos, traté de cerrar mis ojos.
-anoche pasé en mi automóvil por Ocean Drive Miami. Tú estabas sentada en el piso al lado de uno de los mejores sitios de la Florida. Llorabas y cantabas i Just can´t stop loving you, me causaste curiosidad. Parqueé mi carro al lado izquierdo de la avenida. Bajé, te miré. Tú me sonreíste. Estabas bajo varios tragos de alcohol. Me dijiste que yo era tu ídolo y que sabías que pronto iba a morir. Querías pasar una noche sólo conmigo, así que te levanté. Entramos al carro y llegamos a mi casa. Tomaste unos cuantos vinos y yo te canté. Tú sólo llorabas y llorabas, era un llanto que nadie podía controlar. Me decías que te sentías recostada como en una losa de cemento, que sentías mi muerte pronta. Yo no quería seguir escuchando tus palabras. Te dejé en la recamara de visitantes y quedaste dormida.
Mi cara se transformó, mis manos sudaban, mis piernas temblaban. Sentía que mi corazón estaba a cien palpitos por segundo. Michael me abrazó.
-¿de verdad eres tú?-le pregunté.
Le cogí la cara bruscamente, como si fuera una máscara. Su rostro se comenzó a derretir como un helado sin gracia. Yo, anonadada, miraba como todo su cuerpo se descompensaba y se desvanecía. La ropa de Michael había quedado sin un cuerpo el cual cubrir. Recuerdo mi grito, ¡Michael a muerto!
Michael sí había estado conmigo, pero en un sueño. Me desperté y sí estaba en mi habitación. Sentía que la cama estaba dura porque esa noche mi perro se había dormido conmigo. Creo que hasta le puede haber dado besos. Mis sábanas no eran finas, mi desayuno jamás me lo servirían, pero lo que sí sé, es que pude estar con mi ídolo por una noche, por unas cuantas horas. Lastimosamente el jardín del palacio de Buckingham, la casa de Mickey Mouse y el castillo de princesas, sólo son realidad en los sueños.
Lo último que tengo por decir es: Gracias Michael.

jueves, 13 de octubre de 2011

Un lugar donde no todos encajamos

Lourdes, un sitio en el que nunca había estado en mi vida, ruidoso por el tráfico de la décima, sucio por la gran cantidad de comercio informal y “stands” de mazorcas y arepas calentadas en asadores improvisados en bicicletas que parecen de hace 40 años. En frente de la imponente iglesia hay unas escaleras, se nota  en ellas el pasar del tiempo  y de las personas, escalones sucios y manchados que si pudieran hablar contarían más de un millón de historias.
Son las cuatro y media de la tarde,  me siento en esos viejos escalones a esperar a que aparezcan esos misteriosos personajes que significan para mí. Prendo un cigarrillo, miro a mi alrededor, trato de concéntrame en un solo pensamiento, pero es difícil con tanto ruido, bajo la cabeza, me miro los pies por un largo tiempo. Cuando vuelvo y la levanto, veo a lo lejos cinco hombres, los esperados, quienes rompen con la monotonía del lugar, eso era lo que yo pensaba. La única persona que los mira como extraños soy yo.
Los empecé a detallar, parte por parte de su cuerpo, de abajo hacia arriba. Tenían botas estilo militar, pero estas eran de colores, tenían cordones llamativos. Sus pantalones eran tipo escoceses,  son  tan pegados a las piernas que pareciera que les cortara la circulación.
Agacho la cabeza otra vez, para tratar de disimular y evitar que se sintieran tan observados, empiezo a mirar cómo estaba yo  vestida; botas negras, jean clarito y una chaqueta negra que me llegaba a la cadera.
En ese momento el ruido de la once me desconcentra, es difícil enfocarse en algo cuando  los pitos de las busetas y los carros se interponen en mis pensamientos. Por un momento pierdo de vista a estas personas y me enfoco en el tráfico, es imposible no fijarse en ese desorden.
Empiezo a mover los ojos de lado a lado, no veo nada, así que muevo la cabeza un poco hacia la derecha y ahí estaban caminando fuertemente hacia donde yo estaba sentada. Mi corazón empezó a palpitar más rápido de lo normal,  pensaba que iban a decirme que me fuera o tal vez a pedirme algo. Pero estaba muy equivocada ellos simplemente se sentaron cerca de mío he hicieron como si yo no estuviera. 
Prendo otro cigarrillo, estaba muy ansiosa, empiezo a mirar  con más detalle su inusual forma de vestir, chaquetas de cuero y de jean gastadas, donde dejan ver las  batallas en las que han estado involucrados, tienen en los hombros taches, con puntas muy afiladas que podrían hacerle daño a cualquier persona. Tienen parches con letras en ingles que saltan a la vista. Su pelo es parado y puntudo, las puntas son de colores, se ve que se demoran una buena cantidad de tiempo logrando parar esas puntas. Soy mujer y se me paso por la cabeza que el tiempo en el que se demora una mujer en secarse el pelo no se compra con el tiempo en el que ellos se demoran parándose esa cresta. Mientras uno se preocupa por verse peinado y oler bien, ellos solo les preocupa que el jabón rey les pare el pelo, sin importar el olor que tengan.
Abro los ojos con asombro, veo a dos mujeres, de lejos es muy difícil reconocer las ya que su aspecto es muy parecido al de los hombres, al igual que ellos tienen el pelo parado, las botas, la chaqueta y sus rasgos son muy masculinos.
Trato de detallar un poco más y me doy cuenta que dentro de las chaquetas tienen cajas de trago, después de un rato, llegan más personajes como estos cinco, pero traen con ellos una guitarra. Se saludan y sacan la guitarra del forro negro y desgastado, la guitarra esta vieja y sucia, tiene letras escritas, pero no logro leer que dice. Por mi cabeza pasan un millón de ideas de lo que podría decir esa guitarra, pero ninguna idea concuerda con lo que está escrito.  
Varios de ellos se voltean a mirarme, pero en realidad no les importa quién  esté sentado al lado de ellos. Miro mi caja de cigarrillos, me quedan muy pocos, no me quiero parar de donde estoy, me perdería una gran acción. Así que los guardo para dentro de un rato.
Empiezan a cantar y tocar, su música es fuerte y se nota que tienen ira, es su manera de expresar ciertos descontentos. Al principio pensé que sus canciones iban hacer alusión a la sociedad, pero oí con mayor detenimiento y hablan de sus historias de vida, y de momentos que trasformaron en letras de canciones. Inconscientemente mis pies se empiezan a mover al ritmo de su música, claro que no se compara mi movimiento con el de ellos, el mío acentuaba la melodía de sus canciones, el baile de ellos iba cargado de sentimiento y emociones. 
 Mientras unos cantan, los demás siguen tomando, hasta que una de las mujeres saca de su bolsillo marihuana, la prende y empiezan a fumar, se pasan el cigarrillo en círculo varias veces hasta que se les termina, cada vez su música es más fuerte. El olor es muy fuerte, me empieza a dolor la cabeza, no quiero perder la concentración de cada movimiento de ellos. Me tengo que parar mientras el fuerte olor se disuelve  en el aire, así que me paro y prendo mi último cigarrillo mientras camino hacia una tienda que está cerca a la plaza.
Desde la tienda los sigo observando. Unos bailan, otros hablan, existen parejas, para ellos este momento es único, ya que pueden desahogarse y pueden compartir sus emociones y sentimientos con personas que piensan y sientes cosas parecidas.
Después de unos largos minutos, vuelvo y me siento donde empezó mi observación, sentía que me podía estar perdiendo de conversiones y momentos que jamás iba a volver a oír o ver.
Miro la hora, son las seis de la tarde, los miro a ellos y  se les acabo el trago que tenían, así que dos de ellos empiezan a pedirle plata a las personas que están en la plaza, me incluyo, yo les di mil pesos que tenía en mi bolsillo, en monedas de 500.  No piden plata como la piden los desplazados en los semáforos, son tan imponentes que esa mirada de rabia y esa actitud despectiva, hace que uno les de plata. No son educados, son déspotas.
Recogen cierta cantidad y  pasan la calle, entran a la tienda y regresan con trago nuevo. Logro ver que trago es el que toman;  uno de ellos carga una caja de chin-chin (es una especie de aguardiente, pero su precio es muy económico) el otro lleva en la mano  izquierda una caja de Moscatel (vino).  Cuando regresan, a los demás les da emoción y empiezan a gritar, abren con ansiedad las cajas y siguen tomando y cantando.
Ya se está oscureciendo y el ambiente es mucho más pesado. Me paro, empiezo alejarme lentamente, mientras camino me dio cuenta que en realidad los extraños no eran ellos, era yo, que me veía como un mosco en leche al lado de todos estos punkeros.