viernes, 21 de octubre de 2011

Una aventura inolvidable

Son las seis de la mañana. Suena el despertador, mi mano agitadamente trata de ubicarlo. Siento ese aparato de cobre en medio de mis dedos. Lo boto.  Mis ojos tratan de quitarse la pijama que tienen puesta, pero mi cuerpo no está cómodo. Empiezo a dar vueltas y vueltas en mi dura cama, la verdad no sé si es dura, pero creo que no he dormido bien. Me siento acostada en una losa de cemento. Mis ojos tratan de enfocar el techo, pero la nitidez me falla. Miento, no es la nitidez. Este techo no es el de mi habitación.
Me siento en la cama y miro a mi alrededor. Hay un mueble lujoso al lado derecho, una lámpara con toques de oro al lado izquierdo, un tocador como si fuera el de una princesa Europea, los tendidos eran impecables, pero la cama seguía dura. Bajé mis pies de la cama y suavemente toqué el piso. Inmediatamente entran dos mucamas a aquel cuarto en el que me encontraba. La bandeja que tenía una de ellas, en la mano, estaba llena de comida: dos naranjas cortadas en cuatro, un té con  olor a amaretto servido en un delicado pocillo, tostadas francesas y pancakes. Seguidamente una me habla.
-Señorita, ¿cómo amaneció usted hoy?, venimos a dejarle su desayuno. El señor la espera abajo.
Yo estaba desconcertada, no sabía dónde estaba ni por qué me conocían. No sabía el por qué de la dureza de la cama, del delicioso olor de la comida y los detalles finos de mi habitación.
-¿está usted bien?, ¿necesita algo?-me preguntan.
Yo, confusa, las miré y con mi cabeza les dije que no.
Con la bandeja en mis piernas, cogí un tenedor y probé los pancakes. El sabor era indescriptible. El amaretto se deslizaba por mi boca y el jugo de las naranjas ponían el toque acido en mi lengua. Jamás había sentido tantas combinaciones de sabores.
Terminé de comer, retiré la bandeja y la puse en una mesita de al lado. Me levanté de la cama y me puse una bata que estaba en el borde de ella. Era suave, de seda blanca, fina. Caminé por la habitación y encontré un cuadro muy particular. Era la última cena, pero el personaje de la mitad no era Jesús. La cara de este hombre era inconfundible, era Michael Jackson, y sus discípulos eran políticos, actores, cantantes. Recordé que una de las mucamas había dicho “El señor la espera abajo”, así que abrí la puerta, caminé por un hall que tenía un tapete rojo, brillante. Las paredes estaban con mil cuadros y discos de oro. El protagonista de las fotos seguía siendo Michael.
Al ir bajando las escaleras, me sentía como en la casa de algún dibujo animado de Disney, me imaginaba  en la casa de Mickey Mouse y sus amigos como en el castillo de Disney y sus princesas en Orlando, era algo único. Llegué a la sala de la casa, muebles blancos y negros la decoraban. En una pared estaba el rostro de Michael pintado, la mesa tenía varios Cd´s de él. Yo sólo me preguntaba si estaba en la casa de algún fanático.
No había ningún “señor” en la sala, abrí una puerta que daba al jardín. Un jardín de flores como el del Palacio de Buckingham en Londres. Al fondo había una mesa con un parasol grande y, en una de las sillas estaba sentado un hombre, con un traje negro y un sombrero del mismo color. Me acerqué, me senté a su lado. Lo miré
Tenía unas gafas negras que cubrían su mirada, las retiré se su rostro. Era Michael Jackson. Sí el mismo que canta y baila. De mi boca no salió ni una sola palabra, de la suya, miles.
-Connie- me dijo. No es necesario que me digas una palabra para que yo sepa lo que estás sintiendo. Anoche, mientras bebíamos unas copas de vino y compartíamos varias sonrisas, dejamos claro lo que queríamos. Tú tan bella y radiante, la protagonista de varias de mis canciones, la mujer que todo arista quiere tener, la tengo hoy a mi lado.
Yo, sinceramente, no entendía ni una sola palabra de lo que me decía. Mis ojos estaban en shock, pero mi mente trabajaba tratando de recordar por qué estaba en este lugar. No daba.
-¿estoy muy romántico?, preguntó. Soltó una carcajada que aturdió mis oídos. Una risa irónica, sarcástica.
-no creas que estoy enamorado de ti. Déjame te cuento por qué estás acá.
Abrí mis oídos, traté de cerrar mis ojos.
-anoche pasé en mi automóvil por Ocean Drive Miami. Tú estabas sentada en el piso al lado de uno de los mejores sitios de la Florida. Llorabas y cantabas i Just can´t stop loving you, me causaste curiosidad. Parqueé mi carro al lado izquierdo de la avenida. Bajé, te miré. Tú me sonreíste. Estabas bajo varios tragos de alcohol. Me dijiste que yo era tu ídolo y que sabías que pronto iba a morir. Querías pasar una noche sólo conmigo, así que te levanté. Entramos al carro y llegamos a mi casa. Tomaste unos cuantos vinos y yo te canté. Tú sólo llorabas y llorabas, era un llanto que nadie podía controlar. Me decías que te sentías recostada como en una losa de cemento, que sentías mi muerte pronta. Yo no quería seguir escuchando tus palabras. Te dejé en la recamara de visitantes y quedaste dormida.
Mi cara se transformó, mis manos sudaban, mis piernas temblaban. Sentía que mi corazón estaba a cien palpitos por segundo. Michael me abrazó.
-¿de verdad eres tú?-le pregunté.
Le cogí la cara bruscamente, como si fuera una máscara. Su rostro se comenzó a derretir como un helado sin gracia. Yo, anonadada, miraba como todo su cuerpo se descompensaba y se desvanecía. La ropa de Michael había quedado sin un cuerpo el cual cubrir. Recuerdo mi grito, ¡Michael a muerto!
Michael sí había estado conmigo, pero en un sueño. Me desperté y sí estaba en mi habitación. Sentía que la cama estaba dura porque esa noche mi perro se había dormido conmigo. Creo que hasta le puede haber dado besos. Mis sábanas no eran finas, mi desayuno jamás me lo servirían, pero lo que sí sé, es que pude estar con mi ídolo por una noche, por unas cuantas horas. Lastimosamente el jardín del palacio de Buckingham, la casa de Mickey Mouse y el castillo de princesas, sólo son realidad en los sueños.
Lo último que tengo por decir es: Gracias Michael.

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