jueves, 13 de octubre de 2011

Un lugar donde no todos encajamos

Lourdes, un sitio en el que nunca había estado en mi vida, ruidoso por el tráfico de la décima, sucio por la gran cantidad de comercio informal y “stands” de mazorcas y arepas calentadas en asadores improvisados en bicicletas que parecen de hace 40 años. En frente de la imponente iglesia hay unas escaleras, se nota  en ellas el pasar del tiempo  y de las personas, escalones sucios y manchados que si pudieran hablar contarían más de un millón de historias.
Son las cuatro y media de la tarde,  me siento en esos viejos escalones a esperar a que aparezcan esos misteriosos personajes que significan para mí. Prendo un cigarrillo, miro a mi alrededor, trato de concéntrame en un solo pensamiento, pero es difícil con tanto ruido, bajo la cabeza, me miro los pies por un largo tiempo. Cuando vuelvo y la levanto, veo a lo lejos cinco hombres, los esperados, quienes rompen con la monotonía del lugar, eso era lo que yo pensaba. La única persona que los mira como extraños soy yo.
Los empecé a detallar, parte por parte de su cuerpo, de abajo hacia arriba. Tenían botas estilo militar, pero estas eran de colores, tenían cordones llamativos. Sus pantalones eran tipo escoceses,  son  tan pegados a las piernas que pareciera que les cortara la circulación.
Agacho la cabeza otra vez, para tratar de disimular y evitar que se sintieran tan observados, empiezo a mirar cómo estaba yo  vestida; botas negras, jean clarito y una chaqueta negra que me llegaba a la cadera.
En ese momento el ruido de la once me desconcentra, es difícil enfocarse en algo cuando  los pitos de las busetas y los carros se interponen en mis pensamientos. Por un momento pierdo de vista a estas personas y me enfoco en el tráfico, es imposible no fijarse en ese desorden.
Empiezo a mover los ojos de lado a lado, no veo nada, así que muevo la cabeza un poco hacia la derecha y ahí estaban caminando fuertemente hacia donde yo estaba sentada. Mi corazón empezó a palpitar más rápido de lo normal,  pensaba que iban a decirme que me fuera o tal vez a pedirme algo. Pero estaba muy equivocada ellos simplemente se sentaron cerca de mío he hicieron como si yo no estuviera. 
Prendo otro cigarrillo, estaba muy ansiosa, empiezo a mirar  con más detalle su inusual forma de vestir, chaquetas de cuero y de jean gastadas, donde dejan ver las  batallas en las que han estado involucrados, tienen en los hombros taches, con puntas muy afiladas que podrían hacerle daño a cualquier persona. Tienen parches con letras en ingles que saltan a la vista. Su pelo es parado y puntudo, las puntas son de colores, se ve que se demoran una buena cantidad de tiempo logrando parar esas puntas. Soy mujer y se me paso por la cabeza que el tiempo en el que se demora una mujer en secarse el pelo no se compra con el tiempo en el que ellos se demoran parándose esa cresta. Mientras uno se preocupa por verse peinado y oler bien, ellos solo les preocupa que el jabón rey les pare el pelo, sin importar el olor que tengan.
Abro los ojos con asombro, veo a dos mujeres, de lejos es muy difícil reconocer las ya que su aspecto es muy parecido al de los hombres, al igual que ellos tienen el pelo parado, las botas, la chaqueta y sus rasgos son muy masculinos.
Trato de detallar un poco más y me doy cuenta que dentro de las chaquetas tienen cajas de trago, después de un rato, llegan más personajes como estos cinco, pero traen con ellos una guitarra. Se saludan y sacan la guitarra del forro negro y desgastado, la guitarra esta vieja y sucia, tiene letras escritas, pero no logro leer que dice. Por mi cabeza pasan un millón de ideas de lo que podría decir esa guitarra, pero ninguna idea concuerda con lo que está escrito.  
Varios de ellos se voltean a mirarme, pero en realidad no les importa quién  esté sentado al lado de ellos. Miro mi caja de cigarrillos, me quedan muy pocos, no me quiero parar de donde estoy, me perdería una gran acción. Así que los guardo para dentro de un rato.
Empiezan a cantar y tocar, su música es fuerte y se nota que tienen ira, es su manera de expresar ciertos descontentos. Al principio pensé que sus canciones iban hacer alusión a la sociedad, pero oí con mayor detenimiento y hablan de sus historias de vida, y de momentos que trasformaron en letras de canciones. Inconscientemente mis pies se empiezan a mover al ritmo de su música, claro que no se compara mi movimiento con el de ellos, el mío acentuaba la melodía de sus canciones, el baile de ellos iba cargado de sentimiento y emociones. 
 Mientras unos cantan, los demás siguen tomando, hasta que una de las mujeres saca de su bolsillo marihuana, la prende y empiezan a fumar, se pasan el cigarrillo en círculo varias veces hasta que se les termina, cada vez su música es más fuerte. El olor es muy fuerte, me empieza a dolor la cabeza, no quiero perder la concentración de cada movimiento de ellos. Me tengo que parar mientras el fuerte olor se disuelve  en el aire, así que me paro y prendo mi último cigarrillo mientras camino hacia una tienda que está cerca a la plaza.
Desde la tienda los sigo observando. Unos bailan, otros hablan, existen parejas, para ellos este momento es único, ya que pueden desahogarse y pueden compartir sus emociones y sentimientos con personas que piensan y sientes cosas parecidas.
Después de unos largos minutos, vuelvo y me siento donde empezó mi observación, sentía que me podía estar perdiendo de conversiones y momentos que jamás iba a volver a oír o ver.
Miro la hora, son las seis de la tarde, los miro a ellos y  se les acabo el trago que tenían, así que dos de ellos empiezan a pedirle plata a las personas que están en la plaza, me incluyo, yo les di mil pesos que tenía en mi bolsillo, en monedas de 500.  No piden plata como la piden los desplazados en los semáforos, son tan imponentes que esa mirada de rabia y esa actitud despectiva, hace que uno les de plata. No son educados, son déspotas.
Recogen cierta cantidad y  pasan la calle, entran a la tienda y regresan con trago nuevo. Logro ver que trago es el que toman;  uno de ellos carga una caja de chin-chin (es una especie de aguardiente, pero su precio es muy económico) el otro lleva en la mano  izquierda una caja de Moscatel (vino).  Cuando regresan, a los demás les da emoción y empiezan a gritar, abren con ansiedad las cajas y siguen tomando y cantando.
Ya se está oscureciendo y el ambiente es mucho más pesado. Me paro, empiezo alejarme lentamente, mientras camino me dio cuenta que en realidad los extraños no eran ellos, era yo, que me veía como un mosco en leche al lado de todos estos punkeros.

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